MADRES EN LA POLÍTICA


Tres mujeres, madres todas ellas, relacionadas con la política de Quintana Roo, expresan sus vivencias y su condición de formadoras en el hogar 

Por Isela Serrano / Luces del Siglo

Cancún, Qna. Roo., a 10 de mayo de 2012
Antonia Madrid viuda de Villanueva, “Doña Toñita”, tiene 87 años. 
Alicia Márquez, esposa de Jesús Martínez Ross, primer gobernador constitucional de Quintana Roo.  
Consuelo Echegaray, viuda del primer presidente municipal de Othon P. Blanco, Mariano Angulo Basto.  


Nació durante la post-revolución mexicana, en días en que el henequén era la moneda de cambio, el “oro verde” en la península de Yucatán. No existía aún el Partido Revolucionario Institucional (PRI) y Quintana Roo -el estado que llegaría a gobernar su hijo Mario Villanueva Madrid durante el sexenio del presidente Ernesto Zedillo Ponce de León- era sólo un territorio.

Antonia Madrid viuda de Villanueva, “Doña Toñita”, tiene 87 años y las mejillas rosadas; su cabello plateado es corto, un poco ondulado. Lleva puesto un vestido gris con pequeñas flores rosa pálido y el esmalte de uñas del mismo tono. Su mirada es profunda y triste; aunque sus accesorios de plata y el crucifijo que pende de su cuello, brillan.

En entrevista, habla de “el regreso de Mario”, de los frijoles de olla con carne asada, la comida favorita de “el ingeniero”, y de sus planes de instalar una clínica de adicciones en Chetumal, una vez que su hijo regrese a México y recupere su libertad.

Hace casi 20 años, Villanueva Madrid fue gobernador de Quintana Roo. En aquella época, el título implicaba prácticamente ser amo y señor de ranchos, terrenos con frente de playa prístina y ejidos.
Ahora, un candado abierto es la única protección que separa la casa de la reja que da a la tranquila avenida chetumaleña, donde su hijo construyó el boulevard Chetumal; entre otras de sus obras, destaca la carretera Cancún-Chetumal y el desarrollo de la Riviera Maya.

En el interior de la casa, se pueden observar plantas pero no hay mascotas. Aquí, “Toñita” ha vivido los últimos cuarenta años de su vida, después de mudarse de un rancho ganadero, donde crecieron sus hijos. Sobre una mesita de caoba, hay carpetas tejidas color blanco; en el muro principal, están las fotos de dos hijos varones, incluyendo una tomada durante un discurso en la Tribuna de la Cámara de Senadores de Villanueva Madrid, único gobernador extraditado a Estados Unidos por delitos contra la salud y el crimen organizado.

Desde niña y hasta el día de hoy, suele levantarse a las seis de la mañana. Durante su infancia, un día normal era un domingo, a las siete desayunaba y paseaba un rato en la playa. De adulta convivía con sus hijos y su mayor orgullo es comer con su familia reunida. Tiene un cuadro colgado en la pared que retrata un 10 de mayo en que recibió decenas de flores. La tomaron “un día que vinieron todos”, explica. Actualmente tiene 18 nietos y 28 bisnietos. Duerme después de rezar a las 12 de la noche. “Es mentira que una se acaba si se desvela”, expresa con una sonrisa cómplice.

Aunque “Toñita” asegura no es igual con la edad, a sus 87 años camina presurosa y con la ayuda de un bastón muestra un biombo de madera hindú que considera el mejor regalo recibido un 10 de Mayo, fue obsequio de su hijo Arturo, quien en 2006 murió en la ciudad de México luego de someterse a una cirugía de corazón abierto.

- No hay favoritos. Si alguno se porta mal es al que una más se acerca, no porque lo quiera más, sino por corregir su camino. Es muy bonito hablar con los hijos. Hay momentos que les hablo y digo cómo se deben portar, qué deben hacer, qué es malo. Yo les digo: ‘si tienen amigos malos ¡Aléjense! No sigan en ese camino’. Mis hijos fueron seis, todos salieron profesionistas: maestras, ingenieros… No. nunca les pegué. Siempre les hablé con amor y si pudiera heredarles algo que no tuviera precio elegiría también llenarlos de amor.

En el año 1940, “Doña Toñita” se casó. Tenía entonces 15 años. Fue modista. Costuró guayaberas y pantalones sastres, prendas elegantes y casuales tanto para sus hijos como para vender. A seis de sus ocho hijos (uno murió de sarampión y otro de deshidratación, pena de la que asegura, a 60 años de distancia sigue sin superar) les confeccionó camisas y playeras, mochilas y hasta boinas.

“Todo se puede hacer para los hijos, es cuestión de orden y paciencia”. Sentada a la mesa de su casa, detrás de un muro beige como todas las paredes, relata que fue ella quien elaboró el vestido de novia de Isabel Tenorio, esposa del ex gobernador.

Aunque posee una memoria privilegiada y es capaz de recitar fragmentos bíblicos y dar números telefónicos sin el auxilio del papel; con ojos de tristeza comenta que hay pasajes que prefiere no recordar.

“De mi hijo Mario me gustó la forma en la que trabajó. Hasta hoy, me dice que cuando venga, va a seguir trabajando conmigo. Yo trabajo en un Club de la Tercera edad que tiene 24 años de vida”. Su voz, entre la congoja y la confesión, pronuncia: “Dice Mario que cuando regrese me va a ayudar porque a él le gusta ayudar a los necesitados, a los discapacitados. Mucha gente lo quiere”.

En la estancia principal de su casa, tras el biombo, hay una pared destinada para sus diplomas, constancias y fotografías. Aparece ella, recibiendo reconocimientos por sus labores altruistas y apoyo a la sociedad, está ella homenajeada junto a las esposas de gobernadores, y de Paloma de la Madrid, esposa del ex presidente priísta Miguel de la Madrid. Así es ella, una madre que hizo de la labor social un estilo de vida.

Su vida altruista comenzó después de que el Huracán Janet trajera vientos de más de 280 kilómetros por hora, en el año 1955, a Chetumal, lo que provocó que la ciudad quedara devastada. En la calle podían verse tablones, láminas y cimientos. En el hospital Morelos, “Doña Toñita” realizó su servicio social. “Siempre he ayudado a los necesitados, ésta fue casa hogar hasta de ocho niños, ya no cabían más”, además de mis hijos tuvimos hijos adoptivos, narra.

En algún momento de la charla, cruza las manos como un rezo y asegura que ante las tribulaciones de la vida, lo mejor es acercarse a Dios. Se declara católica y recita frente a la cámara el Salmo 91: “El que habita al abrigo del Altísimo, morará bajo la sombra del Omnipotente, diré yo a Jehová, esperanza mía y castillo mío, mi Dios en quien confiaré. Él te librará del lazo del cazador y de la peste destructora, con sus plumas te cubrirá y debajo de sus alas estarás seguro…”.

Hace planes, “Mario y yo vamos a poner una casa para ayudar a discapacitados. Ya teníamos todo listo cuando se fue, pero va a volver”. Sonriendo levemente, asegura que el maquillaje en la vida de una mujer es indispensable para no andar con la cara brillosa. Yo les digo a las madres que nunca se abandonen”. Ella es un roble.

Desde esta casa, “Doña Toñita” se comunica al penal en Estados Unidos, todos los días. "Ya va a acabar todo, va a regresar. Le inventaron mucho”, dice con la mirada suplicante, y de inmediato se recupera "ya no quiero recordar esas cosas. Mario va a regresar. Vinieron los abogados y me dijeron que ya falta poco".

Sus ojos se vuelven brillosos. Luego sonríe sin separar los labios y ofrece un vaso de agua de jamaica. “Sin tanto gas”, para aligerar las altas temperaturas del verano.




NOSTALGIA POR LOS POBRES 

Alicia Márquez era la consentida de su padre, un hombre que abandonó a su madre y a ella cuando tenía 10 años. “Me hizo un bien. Me tenía muy consentida. Era caprichosa y voluntariosa. Cuando se fue, asumí mi responsabilidad. Me transformé. Me decía a mí misma: ¿cómo voy a exigirle a mi mamá…? Me hice responsable, estudiosa y comencé a ayudar en la educación de mis hermanos”.

“Como madre no fui una dulzura”, suelta sin tapujos. “Di manotazos y cuerazos, así crecí”. Pese al intenso calor de verano, “doña Alicia” ha acudido a la entrevista vestida elegantemente, con un collar, aretes y anillo de perlas, pantalón sastre beige y una blusa floreada color fiusha.

“Tuve 10 hijos, dos murieron; entre ellos se llevan 11 meses de edad. Lloraba, ¿qué voy a hacer con otro hijo, qué voy a hacer, Dios mío? preguntaba entre sollozos. -Mujer, ¿qué vas a hacer? Aceptar los hijos que Dios te mande, le respondía su esposo, el político mexicano Jesús Martínez Ross, primer gobernador constitucional de Quintana Roo.

“Él nunca les pegó. Yo sí. Desde niña supe que si les soltaba la rienda perdería el control. Mi madre fue tan buena que acabó siendo alcahueta de mis hermanos. No lo permitiría yo. No quería lo mismo para mis hijos”.

Antes de llegar al poder como la primera dama, recuerda que hubo gente que habló mal de ella, la miró con desprecio y burla. “Algunos me decían que era momento de tomar venganza. No lo hice. Soy católica y tengo temor de Dios”.

Cuenta que en un poblado fue invitada a comer. Su plato tenía arroz verde. ¡Mira, nada más, estoy en un pueblo y la gente nos ofrece alta cocina!, pensó. ¿Cómo hace para darle el color al guiso? preguntó la primera dama del estado a la cocinera. - Es el color del agua, le respondieron. Otro día tomó un vaso que simulaba ser de naranja, al llevarla a los labios confirmó que sencillamente era agua de pozo.

En esas condiciones quería ayudar a otras madres a sacar adelante a su familia. Como presidenta del Instituto Mexicano de Protección a la Infancia (AMPI) que años después llegaría a ser Sistema para el Desarrollo Integral de la Familia (DIF) llevó programas como maternidad empírica, vacunas, médicos, dentistas, pláticas para ayudar a la familia, preparamos obras de teatro para hablar de paternidad. Poníamos nuestro granito de arena, para ayudar a los jóvenes, a las madres y a los pequeños, dice.

“Les comprábamos sábanas, trapos y explicábamos a las mujeres que ‘no debían vivir en la promiscuidad’, tenían que hacer divisiones en su casa o jacal por más pequeña y humilde que ésta fuera. Los niños no pueden dormir junto a los papás”, se empeñaban en difundir.

Aquellos eran días en que la gente defecaba al aire libre; ante este panorama ella y su amiga Consuelo Echegaray, esposa del presidente municipal de Chetumal, el fenecido, Mariano Angulo Basto, organizaban kermeses, desayunos y demás actividades para conseguir recursos y construir fosas sépticas.

Añade: “extendí la mano hasta donde pude. El recurso que nos daba el gobierno no alcanzaba para la nómina. Y sin embargo, fundé un comité de asistencia social de voluntarias para recaudar dinero. “¡Ahora las primeras damas tienen todo pagado. Ya hubiera querido yo!, lanza. En aquellos días, había pocos recursos. Nadie cobraba, era un verdadero trabajo social.

En su opinión, “el problema es que las mujeres se entregan de lleno. Son como corderos, pero cuando sacan las uñas lo hacen para defender a sus hijos”.

Aunque dice que jamás ha sido tierna, comparte que su mayor tesoro es una tablita pirograbada de su hijo Chucho donde puede leerse: “Te quiero mucho, mami”.

Este 10 de mayo, lo pasará rodeada de sus hijos, aún no decide si en Cancún, Chetumal, aunque lo más probable es que vaya a Isla Mujeres.




ROMPER ESQUEMAS

Consuelo Echegaray, viuda del primer presidente municipal de Othon P. Blanco, Mariano Angulo Basto, tío de Roberto Borge Angulo, gobernador de Quintana Roo, ha sido la única mujer cuya boda se ha efectuado en palacio de gobierno.

Cuando el huracán Janet devastó la costa de Quintana Roo, no consiguió deshacer los planes del enlace matrimonial. Ella, una mujer de carácter afable, conocida por haber dado vida a la Casa de Importación Vogue, en días en los que el sur del estado era Zona Libre, se dice una mujer privilegiada, una madre y sobre todo abuela feliz.

Su casa es una exquisita sucesión de objetos que fascinan la pupila. Los muebles de caoba y cedro hacen honor al dicho local: “Chetumal de buena madera”. “Chelito” como le llaman sus amigas, es una mujer fuerte, de voz dulce y modales delicados.

Su casa es un santuario de silencio, posee colecciones de cristal cortado de Checoslovaquia, porcelana de Francia, un biombo de la India, budas de porcelana china, una colección de platos de Japón pende de una pared frente al comedor, tiene una vitrina -cerca de la puerta- con piezas de marfil. Hay objetos de arte que pudieran tener más de 50 años.

“Doña Chelito” es amiga de la pluma y el papel. Compone versos, colecciona frases célebres. Recolecta frases en letra manuscrita. Tiene un libro: “Poemas y pensamientos eternos I”, prepara el volumen 2. Ha escrito poemas que incluso ha hecho llegar a Su Santidad Juan Pablo II, de quien recibió como agradecimiento oraciones, también ha compuesto fragmentos para salvar a los nietos de las tareas escolares. Su padre fue militar. Fue él quien llevó al exilio al general Plutarco Elías Calles. Lo recuerda como un hombre benévolo, de carácter y corazón noble. Ella nació en Veracruz.

Aquella era la época de las cartas, las conquistas simuladas y las ceremonias con la mirada. Se casó a los 26 años, una edad en la que una mujer socialmente se “quedaba para vestir santos”.

A “Chelito” le gusta la lectura de novelas. Su escritora favorita es la prolífica autora inglesa Victoria Holl. Dice no importarle leer hasta tres veces la misma obra, mientras espera paciente que algún familiar la lleve a comprarle una nueva.

El principal valor que ha inculcado a sus hijos ha sido la honestidad, la sencillez y el buen trato.

Agrega uno más: la amistad, que es una reciprocidad, un imán que une a las personas. La amistad es un puente, remata sonriente. “Para educar hay que amar. La sencillez es la base de la felicidad”. Por eso es que fundó hace 33 años, el Club de la Amistad, del que sigue siendo presidenta. “Vas en la calle sonríes y te devuelven la sonrisa. No falla”, agrega.

Se asume conservadora. Aunque descalifica el aborto, por ser una prohibición ética, sabe que hay circunstancias que las mujeres deben tomar una difícil decisión. Las cosas han cambiado, en mi época, las mujeres íbamos con los ojos cerrados. No sabíamos nada.

Su mejor regalo ha sido una hoja de papel escrita por su nieto de cinco años que, con faltas ortográficas le dice que es muy “beya, bella, bella” y la quiere por ser “la mermelada de mis amores”.

Su vida ha cambiado. Un domingo típico, reunida con la familia, consiste en ir a comer al casino. “Ya no se lavan trastos. Nos modernizamos”, relata sonriente.

La semana pasada, su agenda incluía una invitación para participar en una reunión con campesinos a la que lamentaba no poder acudir pero que aseguraba participaría donando playeras. Si tiene un compromiso, comenta que despierta a las 6 de la mañana, de lo contrario a las 7. Desayuna. Lee. Ve sus telenovelas, aunque sus favoritas acaban de terminar. Sábados y domingos, no hay televisión, pero se entretiene armando “palabragramas”.

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