NO DEBIERON MORIR


http://www.razonesdeser.com/vernota.asp?d=7&m=5&a=2012&notaid=88669

Nancy Azpilcueta


No conocí a Regina Martínez, pero la leí en la Revista Proceso muchas veces.
No recuerdo con exactitud si en alguno de los encuentros de periodistas a los que alguna vez acudimos, o a los Congresos y entregas de premios de FAPERMEX a los que asistimos, tuve oportunidad de conocer o coincidir con a los reporteros gráficos Gabriel Huge yAlejandro Luna, ni a Esteban Rodríguez, ellos tres de Veracruz, donde tenemos colaboradores, colegas y amigos periodistas… es lo de menos, porque con todos, por el simple hecho de compartir el oficio periodístico desde la llamada “provincia” mexicana, o desde Buenos Aires, Argentina, o desde cualquier otro lugar del mundo, uno se identifica con ellos, con su trabajo, con lo que les arrebataron: su vida, con los proyectos en común con sus familias que quedaron en el aire, con el anhelo de que la pesadilla de violencia en que vive México, se termine de una buena vez.

De nada sirve contar si los conocí, si conviví con ellos, si compartimos alguna vez alguna actividad; hoy da lo mismo porque a los cuatro les arrebataron la vida y, aunque las voces desde el gremio sigan elevándose, aunque se realicen marchas, protestas y todo tipo de condenas, mientras el gobierno federal y los estatales no se comprometan al esclarecimiento de los hechos, al castigo genuino a los autores intelectuales –sobre todo- de esta pandemia que se vive en el país contra los comunicadores, y mientras el propio gremio no efectúe acciones organizadas, coordinadas y en conjunto para hacer patente el ¡Ni uno más!,  es triste, pero lamentablemente tendremos que seguir condenando hechos, contando y sepultando a nuestros muertos y difundiendo la noticia de sus asesinatos o agresiones en su contra.

Personalmente nunca he creído que los sindicatos sean una garantía real de protección a los trabajadores, menos a los comunicadores –el gremio más desprotegido en cualquier lugar del mundo-  y la realidad muestra que para los periodistas esto es así; al menos en el norte de México, los sindicatos de los diarios y medios en general más influyentes nunca garantizaron que sus agremiados no fuesen atacados, amenazados, secuestrados, torturados ni muertos.

En el caso de  los dueños de los grandes grupos editoriales y de comunicación masiva, salen cotidianamente encomendándose a la providencia o a San Francisco de Sales, patrono de los periodistas, para que sus instalaciones y ninguno de sus empleados o colaboradores sean víctimas de ningún tipo de violencia; pero tampoco individualmente ni en colectivo se termina de lograr que los comunicadores dejen de lado sus temores, diferencias, odios, rencores, envidias y todo lo que gira en torno a las relaciones interpersonales dentro del gremio para ser verdaderamente una fuerza en contra de los efectos de la violencia institucional ni la del crimen organizado.

En México no hemos visto reacciones como las que las Asociaciones de periodistas llevan a cabo en otros países, cuando uno de sus integrantes o agremiados, pasa a ser noticia por convertirse en víctima.

Lo he visto de cerca en Buenos Aires,  donde el caso del fotógrafo José Luis Cabezas – ocurrido el 25 de enero de 1997 en Pinamar- sigue siendo recordado porque, los presuntos responsables materiales, quedaron en una libertad injusta para los amigos, colegas y familiares del comunicador.

En Argentina los periodistas protestaron, cuando el cuerpo de José Luis Cabezas fue encontrado con un tiro en la nuca y sus manos esposadas a las espaldas; y fueron realmente pocos quienes no se sumaron a las acciones de protesta: las emisoras paraban simbólicamente cada seis horas, en el cambio de turno de operación; los diarios aparecieron –hasta que la investigación “rindió frutos”- con cintillas negras de luto y protesta, y la televisión –pública y privada- paraba simbólicamente silenciando con la aparición de placas fijas en la pantalla exigiendo justicia  y, en todas las ruedas de prensa convocadas por quien fuera, los reporteros acudían con un gafette que mostraba la foto del fotógrafo y al pie la frase que todavía hoy está presente en la sociedad y en los periodistas argentinos: No se olviden de Cabezas

En todas las ruedas de prensa los comunicadores pedían un minuto de silencio por su compañero asesinado. Estas protestas permanecieron vigentes por mucho tiempo  y contaron con el apoyo de la sociedad en general que presionó lo suficiente para que se efectuara una investigación y la “aplicación de justicia” aunque no fuera la que se buscó, ni la que hasta hoy se busca, pero la sociedad toda reaccionó junto con el gremio, solidariamente.

Particularmente, tiempo atrás solía escribir con bastante frecuencia acerca de las agresiones que siguen en aumento contra el gremio periodístico; lo hice todas las veces que el peso del poder cayó sobre compañeros periodistas del país o de la Laguna –algunos de los que ni siquiera traté personalmente- pero que fueron víctimas de la violencia contra nuestro oficio; lo hice también cuando al reportero de Milenio Laguna, Eliseo Barrón le arrebataron la vida en 2009 y todas las veces que intentaron coercionar a RazonEs de SER por la vía económica y publicitaria y cuando recibimos incluso serias amenazas y cuando tuvimos que autoexiliarnos.

En este medio muchísimas veces escribimos y alzamos la voz por los periodistas locales y nacionales, que han sido víctimas de atentados, amenazas, muerte, agresiones de todo tipo, lo hicimos mientras nos mantuvimos como empresa editorial medianamente sólida en la Laguna, cuando nos desplazamos a Buenos Aires como tal, y ahora que pretendemos reincorporarnos plenamente a la actividad periodística de nuevo en suelo azteca lo seguiremos haciendo.

Hacer periodismo de denuncia, de opinión, crítico, en Coahuila nunca ha sido fácil porque, como en todas las “provincias”, el poder del caudillismo es tal, que logra amedrentar y acallar muchas voces y conciencias en aras de mantener los privilegios de un convenio de publicidad que, todavía hoy, sigue siendo la principal herramienta de control. Nadie está dispuesto a perderlo porque las nóminas se tienen que pagar, y porque los medios informativos son negocios, pero ¿y las garantías de los periodistas? ¿Y el compromiso social del comunicador?.. ¿y la dignidad de quien escribe, opina o difunde información incómoda para el poder político y para el del hampa?

Cuando tenemos que lamentar agresiones, ataques, muertes, atentados, parece hacerse en silencio, en el entorno de los íntimos y no a través de la protesta, porque se puede perder el empleo, se pierde el convenio, se puede perder la vida también y obvio, sin garantías ¿quién va a exponer su integridad por las convicciones?

Yo no conocí a Regina Martínez de Proceso, ni a los tres fotógrafos asesinados junto con la novia de uno de ellos, empleada de una empresa periodística también. No conocí a la gran mayoría de los periodistas que han perdido la vida en los últimos años, pero eso no significa que, como periodista de denuncia y de opinión, no alce mi voz, junto con la de quienes han elevado sus protestas para decir ¡Basta, ni uno más!, porque en vísperas de conmemorarse el Día Internacional de la Libertad de expresión los mataron a ellos, pero cualquier día en el futuro, pueden venir a tocar a nuestra puerta… Regina, Alejandro, Gabriel, Esteban e Iracema, igual que los anteriores ¡No debieron morir!

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